Los internos de Los Rosales aprenden a transformar las conductas violentas en comunicación asertiva y competencia social gracias a un programa de Cruz Roja
Detrás de las máscaras de chulería que muchos internos de Los Rosales parecen mostrar, existen personas tristes, inseguras y con carencias a las que hay que aportar confianza y afectividad para que sepan que hablando se resuelven los problemas mucho mejor que pegando o incluso matando. La violencia genera violencia y prevenir esos comportamientos es la base de unas jornadas que se han venido realizando y que finalizaron ayer.
Trabajar con los internos del centro penitenciario durante tantos años lleva a la plantilla de profesionales de Los Rosales a aseverar que “el delincuente no nace, sino que se hace” y en ese paradigma de causas inmersas en una realidad social tan compleja como la que se vive hoy día, rehabilitar e integrar a los internos que día y noche pasan allí los meses privados de libertad es el fin último de un equipo de trabajo convencido de que la formación debe ser un pilar fundamental para salir adelante. Recientemente la Organización Mundial de la Salud ha premiado al centro penitenciario ceutí su labor por el programa de Integración Multicultural, “un hecho que nos ha dado más fuerzas para seguir trabajando por la reinserción social siempre contando con la colaboración de los recursos que la comunidad pone a nuestro alcance, en este caso, de la mano de Cruz Roja”, explica el facultativo de la prisión, Ajaj Ahmadieh, junto a la educadora social Preeti Chainami que propuso llevar a cabo un taller de prevención de conductas violentas y que desde la dirección de Los Rosales se recibió de buen agrado “porque son temas que interesan a nuestra población reclusa y el interés que muestran salta a la vista”. Mientras se van abriendo las puertas enrejadas que dan paso a los pabellones, los reclusos saludan amablemente a Ajaj y a Preeti. “Nos han ayudado mucho”, reconocen posteriormente cuando se explica paso por paso el objetivo de unas jornadas que tocan a su fin temporalmente esta semana. “Se desarrollan a través del programa Integralia”, explica Preeti “y los objetivos que perseguimos en cada sesión es concienciar a los presos sobre la importancia de prevenir conductas violentas y tratar de que resuelvan los conflictos a través de la comunicación asertiva”.
Ajaj recuerda las ordenanzas legales que obligan a las instituciones penitenciarias a procurar métodos preventivos y asistenciales a los internos para incrementar su posterior regreso al otro lado de las rejas. “Llevamos a cabo actividades rehabilitadoras, como ésta y no sólo a nivel grupal, sino también individual y tratamos de que se amplíe el abanico de aplicación no sólo a los que presentar unas mayores posibilidades de reinserción social y laboral, sino a los que tienen más dificultades incluso para que sepan que hay posibilidades y que siempre hay un camino de esperanza”. En esta ocasión, el camino que trazan es el de la no violencia. “En otras ocasiones dimos incluso técnicas de relajación”, explica el facultativo recordando que si bien antes se llevaban a cabo muchos talleres de prevención e información sobre enfermedades infecciosas, cada vez más se abordan temáticas relacionadas con la salud mental. “Existen muchos internos con problemas y trastornos antisociales, con dificultad para controlar los impulsos y que muestran un bajo nivel para resolver los momentos de ira”, comentan. Ahora saben enfrentarse a ese problema. “Si no quieres la ruina, hay que hablar y entenderse”, explica uno de los asistentes al curso. “Es fácil”.
LOS PROFESORES
Ajaj Ahmadieh Jurdi lleva muchos años dedicando su labor profesional al centro penitenciario de Ceuta. “Es prácticamente como un hogar para mí”, explica el facultativo que sabe de la responsabilidad de la Administración de velar por la integridad y salud de los internos. Cruz Roja recibió en su día la medalla de Plata del mérito penitenciario por su labor y en su representación, Preeti Chainani tiene muy claro, junto a Ajaj, que llevar a cabo este tipo de jornadas “es necesario y ante la falta de formación y la realidad social que va cambiando adelantándose incluso a la normativa hay que abordar de lleno junto a los internos problemas como la violencia de género, la marginación, la falta de autoestima...”. Los internos aprenden, pero ellos también. “Tan sólo son necesarios dos minutos hablando con ellos para darte cuenta de que tus estereotipos se desmoronan y que ellos se preocupan por sus conductas y quieren mejorar por encima de todo y no volver a equivocarse demostrando continuamente un afán por aprender increíble”. Desde el centro, agradecen a todos los profesionales sanitarios, psicólogos, personal en general un trabajo que en conjunto sirve para que “todo funcione como debe”.
LOS ALUMNOS
Todos dan la cara. “Porque una mala racha la tiene cualquiera y lo importante es aprender para no volver a cometer errores”. Hablan claro. No tienen nada que perder. la libertad ya no la tienen. Pero sí mucho que ganar, por eso, aprovechan cada oportunidad que se les presenta para aprender. Algunos de los que han asistido a las jornadas se reconocen violentos. Otros no. De hecho, son todo lo contrario: “Si veo alguna pelea intento mediar para que finalice”, dice Anuar, un chico de 23 años que es la tranquilidad en persona. Hicham tiene 26 años y dice que gracias a Dios “he terminado en la cárcel para pensar en todo y en no volver. En el curso he aprendido a hablar de mí, a desahogarme. Vivo en el Príncipe. Allí hay violencia, tiroteos...convivo con la violencia. Aquí en la cárcel también hay. Pero eso no lleva a nada. Sólo a cosas peores”, explica. Ajaj explica que el perfil del alumnado suele responder al estereotipo de marginalidad, desestructuración familiar, gente con problemas para controlar sus impulsos, consumidores de droga... pero cada caso es un mundo y los que asisten a las jornadas no ponen reparos en mostrar sus caras, en decir lo que sienten, en hablar de la ‘ley del más fuerte’ que existe en el centro y en que hay personas dispuestas a ayudarles pero hay que dejarse ayudar. En la última sesión de la jornada, antes de comenzar ya le dicen a la monitora que la van a echar de menos y lo mucho que les ha ayudado. Ella sonríe. Aseguran que son ellos los que se ayudan, muchas veces, simplemente hablando y reconociendo sus problemas.
Yamal tiene 37 años no cree en la violencia pero tampoco en la justicia. Muestra un mordisco en el brazo de su ex mujer “a la que nunca pegué pero yo he sufrido mucho por ella y por mi suegra que siempre se metía en la relación y le calentaba la cabeza y finalmente estoy aquí a pesar de haber ganado varios juicios... y este mordisco me lo dio delante de mi hijo,... un mal ejemplo, los niños sufren también esto y no podemos permitirlo”. En el curso se aprende, reconoce “aunque yo no es por dármelas de listo, sinceramente, pero ya sabía muchas cosas y siempre intento que la comunicación esté por encima de todo”.
Mohamed agradece el poder asistir a las jornadas porque “ahora sé lo que es ser asertivo, que es muy importante, he aprendido a afrontar los problemas con la palabra como la mejor herramienta y está claro que la violencia engendra violencia”, dice sonriendo tímido y agradeciendo a los responsables de las jornadas el haberle enseñando tantas cosas.
Ismael tiene 25 años y la vida ya le ha enseñado una gran lección. Los monitores están orgullosos de todos, pero él está aprendiendo a controlar su agresividad y a perdonar, algo que va muy relacionado. “Siempre estaba metido en problemas, en peleas en la calle, me ponía nervioso y la droga también tenía mucho que ver... luego en mi casa no me sentía querido, siempre me peleaba con mis hermanos, con mis padres...”. Habla cabizbajo. Ahora se avergüenza. La situación llegó a un punto tal que su padre le denunció y tuvo una orden de alejamiento. “Yo lo entiendo, no podía hacer otra cosa, me porté muy mal y cuando salga lo único que haré será abrazarles y besarles, hablar con ellos. ya les he pedido perdón. Mi madre viene a verme. Mi padre no, pero al menos he hablado con él por teléfono y me ha preguntado si necesitaba algo y si estaba bien. Lo estoy. Mucho mejor que antes. Aquí me han enseñado que mis padres van a seguir queriéndome y que la violencia no lleva a ningún lado”. Quieren que sus familias les vean y que sepan, que luchan cada día por mejorar.




























