Ceuta y España necesitan un grupo de solones
El historiador Domínguez Monedero publicó una monografía sobre Solón de Atenas, en cuya contraportada se describe la historia de este político y poeta griego como “la de un hombre a quien, a pesar de habérsele ofrecido explícita e implícitamente el poder absoluto, la tiranía, sabe renunciar a ella tanto por responsabilidad moral como por ahorrar sufrimientos a su patria y es también la del individuo que tiene que sobrellevar, una vez que abandona la política, la incomprensión que sus medidas provocaron en sus contemporáneos. No obstante, la posterioridad le recompensó elevándole a la categoría de Sabio, dentro de los Siete Sabios”.
Autores como Javier Gomá vienen insistiendo en sus obras sobre la importancia de la mímesis y la ejemplaridad de las personas que ocupan el poder en nuestra sociedad. Buena parte de nuestros problemas actuales se deben a que nuestros políticos en vez de tomar como referente en su actuación pública a personajes históricos como Solón, prefieren a demagogos como Pericles. Y tienen en su mesita de noche, en vez de los poemas de Solón, las tragedias de Sófocles o los diálogos de Sócrates y Platón, al “Príncipe” de Maquiavelo.
La ignorancia genérica de la historia lleva a que la mayor parte de la población desconozca que situaciones de crisis como la que hoy día estamos sufriendo se han repetido en diferentes momentos históricos. Una de las primeras crisis de “deuda” se dio precisamente en la Grecia Arcaica, cuando se creó el “dinero”, y la respuesta vino de la mano, como hemos visto, de Solón. Entonces las reformas introducidas por Solón acabaron con las deudas, redujeron los privilegios de las clases superiores y pusieron las bases de la democracia política. En la actualidad, por el contrario, las deudas ahogan a la mayor parte de la población y ni siquiera se está dispuesto a la dación de pago para la hipotecas; se hablan de mini-trabajos como nueva forma de esclavitud laboral; la desigualdad entre ricos y pobres en España es una de la más altas en los países de la OCDE; y la calidad democrática en nuestro país es lamentable. Solón pudo elegir entre dos caminos: perpetuarse en el poder aceptando erigirse en tirano; o bien tomar la senda de la democracia, traicionando a los de su clase, pero beneficiando a sus conciudadanos, a partir del desarrollo de la libertad, la justicia y la igualdad. Se decantó por la democracia y aunque sus contemporáneos no entendieron sus reformas y las nuevas leyes que impuso, el tiempo reconoció su sabiduría y le convirtió en paradigma de moderación, de mesura y de justicia.
Para desgracia de nuestro país, la mayoría de nuestros políticos son la antitesis del ejemplo y el modelo que encarna Solón. Nuestra clase política está dominada por personajes aferrados al poder y a las prebendas que le acompañan; cobardes a la hora de tomar decisiones impopulares por más que estén consagradas en las leyes; demagogos por naturaleza; cancerberos de los intereses de los poderes económicos; enemigos de la verdad y la perfección; incultos y seres parciales, con una visión limitada de la realidad y cortoplacistas en su acción política; aspirantes a la santdad más que a la sabiduría.
Ceuta requiere también una reencarnación de Solón. Un político guiado por sólidos principios morales y éticos que acabe con el favoritismo, el amigismo y el clientilismo que tanto abunda en nuestra ciudad. Y en su lugar, reestablezca el gobierno de la ley, el único capaz, como demostraron los fundadores de la democracia, de hacer florecer la responsabilidad cívica, la participación ciudadana, el sacrificio común en defensa de los intereses de nuestra tierra y el desarrollo integro de la persona humana. El incumplimiento de la ley es un ataque contra la libertad. Sin orden no puede haber libertad, y sin definir los límites de las obligaciones y los derechos no pueden ser cumplidos ni sobrepasados. Por tanto, uno de los principales objetivos de cualquier gobernante que se precie en nuestra ciudad sería acabar con la laxitud en el cumplimiento de las normativas nacionales y europeas. Atajar de raíz la proliferación de construcciones ilegales, tanto las que se cometen en ciertas barriadas de la ciudad como la que se realizan en el centro urbano por las clases más pudientes; hacer cumplir las leyes ambientales en materias tan sensibles como el ruido, el tratamiento de los residuos o la contaminación atmosférica; erradicar los comportamientos incívicos; garantizar la igualdad de trato ante la administración; tomar decisiones impopulares que no sólo afecten a los de siempre; decir la verdad a la población sobre la superación de la capacidad de carga de nuestro territorio y la imposibilidad de satisfacer sus demandas de vivienda o trabajo, etc…
Puesto en esta posición y dado el contexto de desmoralización general de la sociedad, así como el populismo en el que se encuentra instalada nuestra clase política, es muy probable que el crédito electoral de quien se atreva a conducirse por estos principios se agote en muy poco tiempo.
Los primeros que les retirarían su apoyo serían los integrantes de las llamadas “fuerzas vivas” de la ciudad, al ver sus privilegios y poderes mermados. Tampoco agradaría al grueso de la población que suele olvidar que libertad sin ley es anarquía irresponsable.
Tal y como le sucedió a Solón de Atenas, su destino más previsible es el retiro de la escena política y la incomprensión de sus conciudadanos. Sin embargo, nuestra única esperanza de una Ceuta y una España más justa, equilibrada y democrática reside precisamente en el surgimiento de “solones” en todos y cada uno de los órganos de gobierno de nuestro país. Aunque, sinceramente, no confiamos mucho en ello.

























