Ahora que vamos despacio
A lo mejor es que este que les escribe, un humilde motero, no es lo suficientemente importante como para que su “cara” sea tenida en cuenta a la hora de que haya sido voluntariamente ofrecida ante los suyos como aval de unas intenciones ajenas. Lo que no saben “algunos”, es que hay personas que no pueden darle un trabajo a nadie, que no son personas influyentes en ningún ámbito de la sociedad, pero que tienen algo que, a los que tienen alrededor, les vale más que eso: una cara que se deja partir por ellos.
Cuando yo doy mi palabra, me tienen que matar para que no la cumpla. Qué le vamos a hacer, es herencia de mi padre, lo llevo en los genes. Por eso no comprendo, no me entra en la cabeza que alguien se siente frente a mi, me prometa algo, me haga confiar en él o ella, me invite a poner mi mejilla en lugar de la suya y luego… vayamos despacio, contando… badenes.
La verdad es que, cada vez que paso por encima de la ilegalidad fehaciente de algunas de nuestras carreteras, mientras subo y bajo las pequeñas colinas de incumplimientos que las invaden, se me cae el alma al suelo, cargada de decepción. Eso sí, si en un periódico dicen que los pasos de peatones hay que pintarlos de rosa, en media hora están los operarios vestidos de “Barbie asfalto”, decorando nuestras carreteras.

























