Las mujeres musulmanas de hoy y mañana
Hoy, se impone la colosal tarea de romper en el imaginario occidental la perversión de las teorías multiculturales con toda su secuela de falsedades. La permeabilidad de las fronteras debe servir no para empaparnos de la cultura del sometimiento o crear islas en nuestra propia sociedad, sino para llevar a vastos sectores de la población de otros países la antorcha de la democracia, las libertades y el Estado de Derecho. Una de las cuestiones más urgentes que sobresale en nuestra vida cotidiana es la que afecta a la convivencia intercultural y pasa, inexorablemente, por el consenso y la defensa de lo que es esencial de todo orden democrático, a saber, la observancia de unos mismos derechos fundamentales, mientras se respeta lo diverso y plural manifestado en aspectos accidentales. Pero las mujeres no son un accidente sino una condición sine qua non, sustancia misma sin la cual no podremos apostar por un modo de vida netamente civilizado.
Hoy, son las mujeres en el mundo árabo-musulmán (y también en el mundo occidental) la más cierta y real de las posibilidades de cambio para esas sociedades, sin que los hombres tengan que orillarse en las aceras o sentarse al borde de los caminos como espectadores pasivos o convidados de piedra, pues están llamados también a estimular esos cambios tan necesarios, a acompañar a las mujeres y a dejarse acompañar por ellas, a contar con su fuerza para que a tantos males, expresión inhumana del desprecio por las mismas, les llegue su hora postrera.
Las mujeres musulmanas tienen un doble reto: la lucha contra los obstáculos exteriores que las separan de la vida política, social y civil de sus sociedades y el destilado que siglos de sometimiento ha dejado en sus espíritus, el venenoso destilado de una obediencia ciega y la resignación. Mientras las mujeres vayan incorporándose a esta tarea, abandonando la inercia de siglos, todos los musulmanes, entonces, comenzarán a cambiar.
No les quedará otra, porque estoy segura de que Dios se pondrá sin ambages al lado de las mujeres.
No dejemos solas, pues, a esas mujeres que luchan con denuedo, como nuevo David, contra la barbarie de un Goliath escudado en privilegios, atrincherado en la gestión de lo sagrado, arrinconado en el pretérito por la manipulación de todo lo humano y lo divino.
























