De nada, nada
Digno de la mediocridad más agria, aquel espectáculo aderezado por una sensación de apatía e inoperancia constante, no pasaría de ridículo a lamentable si se hubiera dado en circunstancias de bonanza o al menos de estabilidad. No abandonaría su gravedad, por supuesto, pero en dicho contexto el pueblo no se vería necesitado de una transfusión de absolutamente todo como lo está actualmente. Una vital necesidad de transparencia y valentía que no se ha dado durante mucho tiempo, menos aún en aquella reunión de viejos conocidos, sin fuerza, ni convicción, aquel pesado trámite para reforzar la democracia, para aparentar lo que quizá no sea, exhibida ante millones y millones de habitantes que ven muy lejana la atracción que desean, la esperanza que imaginan en lo íntimo pero rechazan en público ante su imposibilidad.
Los líderes de la España pre-electoral han demostrado que la gestión del futuro Gobierno de España no halla en su seno una planificación medida desde lo individual hasta lo colectivo, que se preocupe de desarrollar todas las facetas del país y no solo las que interesan por determinadas particularidades ideológicas. Solo se han dado a conocer principios generales y grandes objetivos a alcanzar, colmados de ambigüedad, pero en ningún caso se han detenido a blandir medidas creíbles a la altura de las exigencias del país. E insisto, medidas creíbles, asumibles, realizables. La mayor parte ha consistido en encapotar intenciones cuyo fondo puede cambiar del blanco al negro con una mera interpretación. Y es ese el punto que el próximo Gobierno español explotará a su favor se encaminen los asuntos bien, regular o mal.

























