Las deslucidas coronas de los reyes
Desde la formación del trío miamense, las expectativas han sido altísimas: solamente el dinástico triunfo año tras año podría considerarse como aceptable. La cosa no empezó demasiado bien, no siendo los mejores de la temporada regular, como se daba por hecho. Asimismo, los Mavericks hornearon a los Heat en las finales de la NBA, dando lugar a uno de los mayores fracasos de la historia de la liga yanqui. Esta temporada volvieron a ser superados en la liga regular, pero la proyección del equipo cuajó en un anillo contrastando con lo ocurrido el año anterior. Sin embargo, esta victoria no puede ser considerada como plenamente exitosa teniendo en cuenta la dimensión de estos Heat. El “Big Three”, en el mejor momento de su carrera, ha de iluminar sus manos con muchos más anillos para que un proyecto de esta magnitud cumpla con las expectativas que ha generado.
En el caso particular de LeBron James, es difícil, cuando no imposible, que se considere un verdadero y rotundo triunfo la consecución del campeonato. Si bien es cierto que ha logrado no solo el anillo sino también el MVP de las finales, su figura estará ensombrecida por el hecho de haber alcanzado la victoria rodeado de dos jugadores excepcionales; un “Big Three” que ningún otro equipo posee. Su obsesiva aspiración de ser el mejor ante la historia se diluyó dos años atrás y no parece que pueda enderezarse.
Pero el gran derrotado de estas finales ha sido, sin ninguna duda, Kevin Durant, el chico de quien muchos habían dicho que sería incluso más grande que Michael Jordan. No sólo es el gran derrotado por haber caído a manos de Miami por 4-1, dado que es lo previsible teniendo en cuenta el potencial de los Heat, sino por haber sido dominado a nivel individual por su par, LeBron James, mostrando una severa incapacidad para intentar actuar con decisión y acierto en los momentos calientes. Lo hizo Russell Westbrook, el criticadísimo base de los Thunders, cuya actuación en las finales fue indescriptible (para bien). El 0 de Oklahoma quitó la razón a cuantos decían que sus ráfagas de juego sin inteligencia rompían el ritmo y el juego de los Thunders, y que, por ello, debía abandonar cuanto antes el equipo. Curiosamente fue Westbrook el único de los suyos que rindió a un nivel estelar, el único que evitó que Oklahoma fuera desolada completamente por las estrellas más refulgentes del momento. No sirvió de mucho, pero estuvo a años luz de Durant, a quien aún le queda todo por demostrar. La ya olvidada sequía de James ha elegido a su nuevo protagonista.





















