No agrandemos el error
Ni María ni Jesús son personas de memoria advenediza. Por razones obvias tuvieron que guardar un ominoso silencio durante las cuatro décadas que duró la dictadura que asesinó a sus familiares. Pero llegada la democracia comenzaron a movilizarse para recuperar los cuerpos, la historia y la dignidad de sus desaparecidos. Desde 1977, Jesús Pueyo escribió al Rey, al presidente de Gobierno, a Naciones Unidas, al Tribunal Europeo de Derechos Humanos y a la Conferencia Episcopal, recibiendo en todos los casos la callada por respuesta. Hasta que llegaron, arropados por una veintena de asociaciones de víctimas, a la Audiencia Nacional, en donde el juez Garzón decidió que era su deber saber si era competente para investigar los crímenes, si habían prescrito o no y si quedaba algún autor vivo a quien imputárselos. Por eso se sienta hoy en el banquillo.
La Transición española, modélica en tantas cosas, fue incapaz de juzgar los desmanes del franquismo a su debido tiempo. Ese error, grabado a fuego en nuestra historia, seguramente ya no tenga remedio. Pero convendría no agrandarlo condenando al juez que un día intentó encontrar en los resquicios de la ley una vía para hacer justicia.

























